1. La Iglesia es madre y virgen. El Concilio, después de afirmar
que es madre, siguiendo el modelo de María, le atribuye el título
de virgen, y explica su significado: «También ella es virgen
que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo, e
imitando a la Madre de su Señor, con la fuerza del Espíritu
Santo, conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme
y la caridad sincera» (Lumen gentium, 64).
Así pues, María es también modelo de la virginidad
de la Iglesia. A este respecto, conviene precisar que la virginidad
no pertenece a la Iglesia en sentido estricto, dado que no constituye
el estado de vida de la gran mayoría de los fieles. En efecto,
en virtud del providencial plan divino, el camino del matrimonio es
la condición más general y, podríamos decir, la
más común de los que han sido llamados a la fe. El don
de la virginidad está reservado a un número limitado de
fieles, llamados a una misión particular dentro de la comunidad
eclesial.
Con todo, el Concilio, refiriendo la doctrina de san Agustín,
sostiene que la Iglesia es virgen en sentido espiritual de integridad
en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por ello, la Iglesia no es
virgen en el cuerpo de todos sus miembros, pero posee la virginidad
del espíritu («virginitas mentis»), es decir, «la
fe íntegra, la esperanza firme y la caridad sincera» (In
Ioannem Tractatus, 13, 12: PL 35, 1.499).
2. La constitución Lumen gentium recuerda, a continuación,
que la virginidad de María, modelo de la de la Iglesia, incluye
también la dimensión física, por la que concibió
virginalmente a Jesús por obra del Espíritu Santo, sin
intervención del hombre.
María es virgen en el cuerpo y virgen en el corazón, como
lo manifiesta su intención de vivir en profunda intimidad con
el Señor, expresada firmemente en el momento de la Anunciación.
Por tanto, la que es invocada como «Virgen entre las vírgenes»,
constituye sin duda para todos un altísimo ejemplo de pureza
y de entrega total al Señor. Pero, de modo especial, se inspiran
en ella las vírgenes cristianas y los que se dedican de modo
radical y exclusivo al Señor en las diversas formas de vida consagrada.
Así, después de desempeñar un papel importante
en la obra de la salvación, la virginidad de María sigue
influyendo benéficamente en la vida de la Iglesia.
3. No conviene olvidar que el primer ejemplar, y el más excelso,
de toda vida casta es ciertamente Cristo. Sin embargo, María
constituye el modelo especial de la castidad vivida por amor a Jesús
Señor.
Ella estimula a todos los cristianos a vivir con especial esmero la
castidad según su propio estado, y a encomendarse al Señor
en las diferentes circunstancias de la vida. María, que es por
excelencia santuario del Espíritu Santo, ayuda a los creyentes
a redescubrir su propio cuerpo como templo de Dios (cf. 1 Co 6,19) y
a respetar su nobleza y santidad.
A la Virgen dirigen su mirada los jóvenes que buscan un amor
auténtico e invocan su ayuda materna para perseverar en la pureza.
María recuerda a los esposos los valores fundamentales del matrimonio,
ayudándoles a superar la tentación del desaliento y a
dominar las pasiones que pretenden subyugar su corazón. Su entrega
total a Dios constituye para ellos un fuerte estímulo a vivir
en fidelidad recíproca, para no ceder nunca ante las dificultades
que ponen en peligro la comunión conyugal.
4. El Concilio exhorta a los fieles a contemplar a María, para
que imiten su fe «virginalmente íntegra», su esperanza
y su caridad.
Conservar la integridad de la fe representa una tarea ardua para la
Iglesia, llamada a una vigilancia constante, incluso a costa de sacrificios
y luchas. En efecto, la fe de la Iglesia no sólo se ve amenazada
por los que rechazan el mensaje del Evangelio, sino sobre todo por los
que, acogiendo sólo una parte de la verdad revelada, se niegan
a compartir plenamente todo el patrimonio de fe de la Esposa de Cristo.
Por desgracia, esa tentación, que se encuentra ya desde los orígenes
de la Iglesia, sigue presente en su vida, y la impulsa a aceptar sólo
en parte la Revelación o a dar a la palabra de Dios una interpretación
restringida y personal, de acuerdo con la mentalidad dominante y los
deseos individuales. María, que aceptó plenamente la palabra
del Señor, constituye para la Iglesia un modelo insuperable de
fe «virginalmente íntegra», que acoge con docilidad
y perseverancia toda la verdad revelada. Y, con su constante intercesión,
obtiene a la Iglesia la luz de la esperanza y el fuego de la caridad,
virtudes de las que ella, en su vida terrena, fue para todos ejemplos
inigualables.