1. En la maternidad divina es precisamente donde el Concilio descubre
el fundamento de la relación particular que une a María
con la Iglesia. La constitución dogmática Lumen gentium
afirma que «la santísima Virgen, por el don y la función
de ser Madre de Dios, por la que está unida al Hijo Redentor,
y por sus singulares gracias y funciones, está también
íntimamente unida a la Iglesia» (n. 63). Ese mismo argumento
utiliza la citada constitución dogmática para ilustrar
las prerrogativas de «tipo» y «modelo», que
la Virgen ejerce con respecto al Cuerpo místico de Cristo: «Ciertamente,
en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón
madre y virgen, la santísima Virgen María fue por delante
mostrando de forma eminente y singular el modelo de virgen y madre»
(ib.).
El Concilio define la maternidad de María «eminente y singular»,
dado que constituye un hecho único e irrepetible: en efecto,
María, antes de ejercer su función materna con respecto
a los hombres, es la Madre del unigénito Hijo de Dios hecho hombre.
En cambio, la Iglesia es madre en cuanto engendra espiritualmente a
Cristo en los fieles y, por consiguiente, ejerce su maternidad con respecto
a los miembros del Cuerpo místico.
Así, la Virgen constituye para la Iglesia un modelo superior,
precisamente por su prerrogativa de Madre de Dios.
2. La constitución Lumen gentium, al profundizar en la maternidad
de María, recuerda que se realizó también con disposiciones
eminentes del alma: «Por su fe y su obediencia engendró
en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón,
cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, prestando
fe no adulterada por ninguna duda al mensaje de Dios, y no a la antigua
serpiente» (n. 63).
Estas palabras ponen claramente de relieve que la fe y la obediencia
de María en la Anunciación constituyen para la Iglesia
virtudes que se han de imitar y, en cierto sentido, dan inicio a su
itinerario maternal en el servicio a los hombres llamados a la salvación.
La maternidad divina no puede aislarse de la dimensión universal,
atribuida a María por el plan salvífico de Dios, que el
Concilio no duda en reconocer: «Dio a luz al Hijo, al que Dios
constituyó el mayor de muchos hermanos (cf. Rm 8,29), es decir,
de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con
amor de madre» (Lumen gentium, 63).
3. La Iglesia se convierte en madre, tomando como modelo a María.
A este respecto, el Concilio afirma: «Contemplando su misteriosa
santidad, imitando su amor y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre,
también la Iglesia se convierte en madre por la palabra de Dios
acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra
para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu
Santo y nacidos de Dios» (ib., 64).
Analizando esta descripción de la obra materna de la Iglesia,
podemos observar que el nacimiento del cristiano queda unido aquí,
en cierto modo, al nacimiento de Jesús, como un reflejo del mismo:
los cristianos son «concebidos por el Espíritu Santo»
y así su generación, fruto de la predicación y
del bautismo, se asemeja a la del Salvador.
Además, la Iglesia, contemplando a María, imita su amor,
su fiel acogida de la Palabra de Dios y su docilidad al cumplir la voluntad
del Padre. Siguiendo el ejemplo de la Virgen, realiza una fecunda maternidad
espiritual.
4. Ahora bien, la maternidad de la Iglesia no hace superflua a la de
María que, al seguir ejerciendo su influjo sobre la vida de los
cristianos, contribuye a dar a la Iglesia un rostro materno. A la luz
de María, la maternidad de la comunidad eclesial, que podría
parecer algo general, está llamada a manifestarse de modo más
concreto y personal hacia cada uno de los redimidos por Cristo.
Por ser Madre de todos los creyentes, María suscita en ellos
relaciones de auténtica fraternidad espiritual y de diálogo
incesante.
La experiencia diaria de fe, en toda época y en todo lugar, pone
de relieve la necesidad que muchos sienten de poner en manos de María
las necesidades de la vida de cada día y abren confiados su corazón
para solicitar su intercesión maternal y obtener su tranquilizadora
protección.
Las oraciones dirigidas a María por los hombres de todos los
tiempos, las numerosas formas y manifestaciones del culto mariano, las
peregrinaciones a los santuarios y a los lugares que recuerdan las hazañas
realizadas por Dios Padre mediante la Madre de su Hijo, demuestran el
extraordinario influjo que ejerce María sobre la vida de la Iglesia.
El amor del pueblo de Dios a la Virgen percibe la exigencia de entablar
relaciones personales con la Madre celestial. Al mismo tiempo, la maternidad
espiritual de María sostiene e incrementa el ejercicio concreto
de la maternidad de la Iglesia.
5. Las dos madres, la Iglesia y María, son esenciales para la
vida cristiana. Se podría decir que la una ejerce una maternidad
más objetiva, y la otra más interior.
La Iglesia actúa como madre en la predicación de la palabra
de Dios, en la administración de los sacramentos, y en particular
en el bautismo, en la celebración de la Eucaristía y en
el perdón de los pecados.
La maternidad de María se expresa en todos los campos de la difusión
de la gracia, particularmente en el marco de las relaciones personales.
Se trata de dos maternidades inseparables, pues ambas llevan a reconocer
el mismo amor divino que desea comunicarse a los hombres.